Después del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, el negocio de Disney World sufrió graves turbulencias. Perdían los dueños, perdían los anunciantes, perdían los proveedores, pues cada vez había menos visitantes. Pero también perdían quienes vendían 'souvenirs' (recuerdos) a los miles de turistas que diariamente acudían al parque de diversiones. Y uno de ellos fue un peruano, Manuel Guevara, de Cerámicas Kantu.
Ubicada en San Sebastián, en el Cusco, Kantu vende cuentas de cerámica a Disney desde hace 11 años. Cuentas pequeñas, cada una con una letra impresa, que juntas forman nombres y se venden como llaveros. Desde hace pocos meses, Kantu encontró otra manera de comercializar sus productos y sobrellevar las pérdidas en Disney. Lo hace a través de las tres tiendas de regalos Perú Perú, que Café Britt tiene en el aeropuerto Jorge Chávez.
Cerámicas Kantu no es la única empresa de artesanías que siguió este camino. En Chincheros, Cusco, un grupo de señoras decidió unirse hace tres años y crear una empresa formal, Textilería Tradicional Urpi. Son 20 mujeres que se dedican a diseñar, preparar los insumos y tejer chalinas, chompas, casacas, carteras y demás productos. Todo a mano y en telares antiguos, pero eficaces.
Evangelina Cusihuamán, una de ellas, explica que antes vendían localmente, pero fueron "derrotadas" por las artesanías textiles de imitación. "Lo que venden en la Plaza de Armas del Cusco o en la Av. La Marina, en Lima, son imitaciones, pero venden más", comenta. Ellas también han optado por vender sus productos a través de Café Britt y hoy ganan más y tienen un cliente fijo.
La empresa, al igual que con Kantu, les compra un lote de productos, les paga un precio determinado (suele ser más alto que el normal) y luego los coloca en las tiendas del aeropuerto. Allí los turistas pagan aun más. Así funciona el negocio que permite a los artesanos introducir sus productos en el extranjero y generar nuevos nichos. Hasta el momento, Café Britt ha invertido alrededor de S/. 2,7 millones en la compra de artesanías provenientes de Cusco, Ayacucho, Piura, Junín, Iquitos y Lima.
Las exportaciones de artesanías peruanas sobrepasaron los US$35 millones este año. Sin embargo, hay nichos de mercado que podrían explotarse aun más con productos de primer nivel, como estos telares.
Pero no solo se trata de comprarles los productos, pues paralelamente, Café Britt organiza cursos de capacitación para los artesanos, para alcanzar los estándares de producción que el cliente final exige. Es el caso, por ejemplo, de Exaltación Tapara, un empeñoso cusqueño de 48 años que vive y trabaja en su taller de Sicuani. Exaltación fabrica a mano osos con piel de alpaca desde hace 30 años. La alpaca, por cierto, es una de las pieles más demandadas en el exterior. Él y sus trabajadores han tenido que ir perfeccionando la variedad de colores, texturas y diseños para lograr un producto de primer nivel (de hecho, se perdieron muchas pieles en la búsqueda de la textura ideal).
Y lo mismo sucede con Fernando Ruiz Caro, miembro de una familia cuyo apellido goza de gran prestigio entre los artesanos del Cusco. La especialidad de los Ruiz Caro es la bisutería de cerámica, aunque también fabrican productos utilitarios y decorativos. Más allá de algunos clientes esporádicos en EE.UU. y España, los Ruiz Caro no podrían vender sus productos ni local ni internacionalmente, pues las malas copias los retirarían del mercado de inmediato. Ahora, en cambio con Kantu han empezado a exportar sus productos a Costa Rica por un valor cercano a los US$ 70.000.
Estos artesanos comparten dos características comunes: sus productos son de primera calidad y si pueden vivir de lo que hacen es porque pudieron abrirse paso hasta llegar al extranjero, principalmente a través de peruanos que viven en otros países. Aquí el Estado nunca llegó, y por eso son pocos los casos que se pueden tomar como ejemplo.
Pero cuando se habla de exportaciones, ¿se piensa en casos como estos? Por lo general, no; estos aún son ejemplos aislados. Los artesanos mencionados saben que muchos de sus colegas esperan también que, a falta del apoyo institucional que requieren, la varita mágica de la empresa privada se pose sobre ellos.
Ubicada en San Sebastián, en el Cusco, Kantu vende cuentas de cerámica a Disney desde hace 11 años. Cuentas pequeñas, cada una con una letra impresa, que juntas forman nombres y se venden como llaveros. Desde hace pocos meses, Kantu encontró otra manera de comercializar sus productos y sobrellevar las pérdidas en Disney. Lo hace a través de las tres tiendas de regalos Perú Perú, que Café Britt tiene en el aeropuerto Jorge Chávez.
Cerámicas Kantu no es la única empresa de artesanías que siguió este camino. En Chincheros, Cusco, un grupo de señoras decidió unirse hace tres años y crear una empresa formal, Textilería Tradicional Urpi. Son 20 mujeres que se dedican a diseñar, preparar los insumos y tejer chalinas, chompas, casacas, carteras y demás productos. Todo a mano y en telares antiguos, pero eficaces.
Evangelina Cusihuamán, una de ellas, explica que antes vendían localmente, pero fueron "derrotadas" por las artesanías textiles de imitación. "Lo que venden en la Plaza de Armas del Cusco o en la Av. La Marina, en Lima, son imitaciones, pero venden más", comenta. Ellas también han optado por vender sus productos a través de Café Britt y hoy ganan más y tienen un cliente fijo.
La empresa, al igual que con Kantu, les compra un lote de productos, les paga un precio determinado (suele ser más alto que el normal) y luego los coloca en las tiendas del aeropuerto. Allí los turistas pagan aun más. Así funciona el negocio que permite a los artesanos introducir sus productos en el extranjero y generar nuevos nichos. Hasta el momento, Café Britt ha invertido alrededor de S/. 2,7 millones en la compra de artesanías provenientes de Cusco, Ayacucho, Piura, Junín, Iquitos y Lima.
Las exportaciones de artesanías peruanas sobrepasaron los US$35 millones este año. Sin embargo, hay nichos de mercado que podrían explotarse aun más con productos de primer nivel, como estos telares.
Pero no solo se trata de comprarles los productos, pues paralelamente, Café Britt organiza cursos de capacitación para los artesanos, para alcanzar los estándares de producción que el cliente final exige. Es el caso, por ejemplo, de Exaltación Tapara, un empeñoso cusqueño de 48 años que vive y trabaja en su taller de Sicuani. Exaltación fabrica a mano osos con piel de alpaca desde hace 30 años. La alpaca, por cierto, es una de las pieles más demandadas en el exterior. Él y sus trabajadores han tenido que ir perfeccionando la variedad de colores, texturas y diseños para lograr un producto de primer nivel (de hecho, se perdieron muchas pieles en la búsqueda de la textura ideal).
Y lo mismo sucede con Fernando Ruiz Caro, miembro de una familia cuyo apellido goza de gran prestigio entre los artesanos del Cusco. La especialidad de los Ruiz Caro es la bisutería de cerámica, aunque también fabrican productos utilitarios y decorativos. Más allá de algunos clientes esporádicos en EE.UU. y España, los Ruiz Caro no podrían vender sus productos ni local ni internacionalmente, pues las malas copias los retirarían del mercado de inmediato. Ahora, en cambio con Kantu han empezado a exportar sus productos a Costa Rica por un valor cercano a los US$ 70.000.
Estos artesanos comparten dos características comunes: sus productos son de primera calidad y si pueden vivir de lo que hacen es porque pudieron abrirse paso hasta llegar al extranjero, principalmente a través de peruanos que viven en otros países. Aquí el Estado nunca llegó, y por eso son pocos los casos que se pueden tomar como ejemplo.
Pero cuando se habla de exportaciones, ¿se piensa en casos como estos? Por lo general, no; estos aún son ejemplos aislados. Los artesanos mencionados saben que muchos de sus colegas esperan también que, a falta del apoyo institucional que requieren, la varita mágica de la empresa privada se pose sobre ellos.









