¿Qué opinaría si se quisiera mejorar los ingresos de los comerciantes del Jirón de la Unión cobrando a cada persona que pase por allí un sol de peaje? Seguramente dirá que la idea es absurda, pues mucha gente dejaría de usar esa calle y habría menos clientes para los comerciantes. Sin embargo, ella es puesta en práctica en muchas calles de distritos limeños, donde se cobra estacionamiento por bajarse a comprar o usar un servicio, incluso por unos pocos minutos.
Probablemente el objetivo buscado por las autoridades municipales es obtener recursos para mejorar la infraestructura de la zona y hacer así más agradable y atractivo el consumir en sus zonas. Con esos ingresos, un municipio podría mejorar sus pistas para atraer más compradores y otro mejoraría la seguridad ciudadana para que los compradores de sus calles se sientan más seguros. El problema detrás de este planteamiento es que se asemeja al caso de una tienda que le exige sus clientes que le paguen por entrar, para arreglar el local con ese dinero y luego poder ofrecerle sus productos.
Si fuera tan ingenuamente fácil hacer crecer un negocio, todos seríamos exitosos y ricos. Desgraciadamente, la realidad no es así. Lo saben bien todos los que han cambiado de peluquería, pues el municipio eliminó los estacionamientos de la zona y los obligó a pagar una cochera particular. Lo sabe también quien fue a algún restaurante y luego no regresó más, pues al salir encontró, junto al clásico 'cuidador' informal, un cobrador municipal de estacionamiento, de esos que están única y exclusivamente donde hay negocios interesantes, como si quisieran boicotearles su éxito.
¿De dónde sacará el municipio el dinero que necesita para sus obras? La respuesta es difícil, pero la lógica muestra que hay que invertir para ganar y no al revés, siendo evidente que un municipio con empresas prósperas tendrá mucho más ingresos que aquel que no las deja crecer poniéndoles trabas a sus clientes. Por ello, quizás si los municipios se vieran a sí mismos como administradores de un centro comercial serían más eficientes en la administración de sus zonas comerciales.
En efecto, la estrategia central de márketing de los centros comerciales está dirigida a favorecer la afluencia de clientes, buscando que sus locatarios sean muy exitosos, pues de ellos depende el valor de su negocio. Solamente en los casos --muy especiales-- en que la demanda es mucho mayor que la oferta, o cuando quieran eliminar un público indeseable, osarán cobrar estacionamiento o entrada al público. Este último tal vez sea válido en algunas zonas de ciudades como Venecia, Nueva York o París, pero desgraciadamente la mayoría de nuestras zonas comerciales está lejos de esa situación. Quizás por ello los municipios deberían pensar más empresarialmente para fomentar al máximo el atractivo de sus zonas comerciales y tratar de conseguir fondos con ideas imaginativas y menos limitantes de su propio desarrollo.
Probablemente el objetivo buscado por las autoridades municipales es obtener recursos para mejorar la infraestructura de la zona y hacer así más agradable y atractivo el consumir en sus zonas. Con esos ingresos, un municipio podría mejorar sus pistas para atraer más compradores y otro mejoraría la seguridad ciudadana para que los compradores de sus calles se sientan más seguros. El problema detrás de este planteamiento es que se asemeja al caso de una tienda que le exige sus clientes que le paguen por entrar, para arreglar el local con ese dinero y luego poder ofrecerle sus productos.
Si fuera tan ingenuamente fácil hacer crecer un negocio, todos seríamos exitosos y ricos. Desgraciadamente, la realidad no es así. Lo saben bien todos los que han cambiado de peluquería, pues el municipio eliminó los estacionamientos de la zona y los obligó a pagar una cochera particular. Lo sabe también quien fue a algún restaurante y luego no regresó más, pues al salir encontró, junto al clásico 'cuidador' informal, un cobrador municipal de estacionamiento, de esos que están única y exclusivamente donde hay negocios interesantes, como si quisieran boicotearles su éxito.
¿De dónde sacará el municipio el dinero que necesita para sus obras? La respuesta es difícil, pero la lógica muestra que hay que invertir para ganar y no al revés, siendo evidente que un municipio con empresas prósperas tendrá mucho más ingresos que aquel que no las deja crecer poniéndoles trabas a sus clientes. Por ello, quizás si los municipios se vieran a sí mismos como administradores de un centro comercial serían más eficientes en la administración de sus zonas comerciales.
En efecto, la estrategia central de márketing de los centros comerciales está dirigida a favorecer la afluencia de clientes, buscando que sus locatarios sean muy exitosos, pues de ellos depende el valor de su negocio. Solamente en los casos --muy especiales-- en que la demanda es mucho mayor que la oferta, o cuando quieran eliminar un público indeseable, osarán cobrar estacionamiento o entrada al público. Este último tal vez sea válido en algunas zonas de ciudades como Venecia, Nueva York o París, pero desgraciadamente la mayoría de nuestras zonas comerciales está lejos de esa situación. Quizás por ello los municipios deberían pensar más empresarialmente para fomentar al máximo el atractivo de sus zonas comerciales y tratar de conseguir fondos con ideas imaginativas y menos limitantes de su propio desarrollo.









