Milkov Machaca y Ernesto Silva ganaron el Premio Internacional para la Microempresa. Su negocio es elaborar cerveza casera.
Milkov Machaca le dijo a su madre que se iba a dedicar a la bebida. La reacción de la familia fue inmediata. ¿Acaso estaba loco para dejar un trabajo seguro y un buen sueldo? Lo mismo pensaron de Ernesto Silva. Hacia finales del 2002, ambos jóvenes tacneños, que habían estudiado Ingeniería Comercial, estaban decididos a dejarlo todo por la cerveza. Una que harían ellos mismos.
Por un año se dedicaron a investigar el mercado, conocer proveedores y el proceso de elaboración. Con todos los datos sobre la mesa ya podían invertir. La empresa comenzó como un hobbie, Milkov y Ernesto creyeron encontrar la receta ideal en páginas de Internet, jugaron a ser químicos como en un laboratorio, compraron ollas para la mezcla de ingredientes.
Cuando creyeron tener la técnica --muy empírica--, viajaron a Buenos Aires, pues la movida de microcervecerías allí era un terremoto. Llegaron al epicentro, hicieron contacto, tomaron un curso y compraron sus primeros equipos financiados por la familia. La primera inversión fue de US$5 mil cada uno. Hasta el última centavo todos los gastos los han repartido. Siempre han ido a medias.
De vuelta a Tacna experimentaron con equipos más sofisticados. Fue un fracaso.
Si ya habían comenzado, por qué no seguir. La perseverancia fue clave. Se enfocaron en el producto. Afinaron gustos y sabores y hoy producen aproximadamente mil litros al mes. Con un año en el mercado --recién cumplido-- Münchner (Muniqués en castellano) es una pequeña taberna, con música ligera y tertulia. "Es ideal para disfrutar una cerveza, no para embriagarte". Su público está muy bien segmentado: jóvenes profesionales que consumen, gastan y les gusta. Allí elaboran tres estilos de cerveza: dos británicos y uno irlandés. Son estilos que, salvo en Estados Unidos, muy pocos producen. Tienen una regla: si un cliente viene con tragos encima, simplemente no lo dejan entrar. Estas cualidades le valieron para ser postulados por el Banco Wiese Sudameris al Premio Internacional para la Microempresa. Lo ganaron.
El crecimiento de su empresa lo miden con su cansancio. Ellos preparan la cerveza, luego sirven y atienden las mesas. "No queremos imitar a las que existen en el mercado. Queremos diferenciarnos totalmente", dice Milkov. La cerveza es un licor tan complejo como el vino, en sabores y aromas, pero se fue perdiendo con la estandarización de la industria, eso lo cuentan Milkov y Ernesto, que no se consideran maestros pero cumplen con una ley alemana que solo acepta agua, levadura, cebada malteada y lúpulo.
La empresa también prepara equipos y vende insumos. La meta es tener una cadena de choperías en todo el sur del Perú. En máximo dos años quieren vender botellas pequeñas de Münchner.
Cuando encuentran una nueva cerveza, la compran. Ya no la disfrutan: la analizan. Para ellos las cervezas peruanas son muy aguadas, no tienen cuerpo. Al probar, uno no se llena la boca de sabores. Ernesto hace una broma: "Son buenas para enjuagar el vaso".
Milkov Machaca le dijo a su madre que se iba a dedicar a la bebida. La reacción de la familia fue inmediata. ¿Acaso estaba loco para dejar un trabajo seguro y un buen sueldo? Lo mismo pensaron de Ernesto Silva. Hacia finales del 2002, ambos jóvenes tacneños, que habían estudiado Ingeniería Comercial, estaban decididos a dejarlo todo por la cerveza. Una que harían ellos mismos.
Por un año se dedicaron a investigar el mercado, conocer proveedores y el proceso de elaboración. Con todos los datos sobre la mesa ya podían invertir. La empresa comenzó como un hobbie, Milkov y Ernesto creyeron encontrar la receta ideal en páginas de Internet, jugaron a ser químicos como en un laboratorio, compraron ollas para la mezcla de ingredientes.
Cuando creyeron tener la técnica --muy empírica--, viajaron a Buenos Aires, pues la movida de microcervecerías allí era un terremoto. Llegaron al epicentro, hicieron contacto, tomaron un curso y compraron sus primeros equipos financiados por la familia. La primera inversión fue de US$5 mil cada uno. Hasta el última centavo todos los gastos los han repartido. Siempre han ido a medias.
De vuelta a Tacna experimentaron con equipos más sofisticados. Fue un fracaso.
Si ya habían comenzado, por qué no seguir. La perseverancia fue clave. Se enfocaron en el producto. Afinaron gustos y sabores y hoy producen aproximadamente mil litros al mes. Con un año en el mercado --recién cumplido-- Münchner (Muniqués en castellano) es una pequeña taberna, con música ligera y tertulia. "Es ideal para disfrutar una cerveza, no para embriagarte". Su público está muy bien segmentado: jóvenes profesionales que consumen, gastan y les gusta. Allí elaboran tres estilos de cerveza: dos británicos y uno irlandés. Son estilos que, salvo en Estados Unidos, muy pocos producen. Tienen una regla: si un cliente viene con tragos encima, simplemente no lo dejan entrar. Estas cualidades le valieron para ser postulados por el Banco Wiese Sudameris al Premio Internacional para la Microempresa. Lo ganaron.
El crecimiento de su empresa lo miden con su cansancio. Ellos preparan la cerveza, luego sirven y atienden las mesas. "No queremos imitar a las que existen en el mercado. Queremos diferenciarnos totalmente", dice Milkov. La cerveza es un licor tan complejo como el vino, en sabores y aromas, pero se fue perdiendo con la estandarización de la industria, eso lo cuentan Milkov y Ernesto, que no se consideran maestros pero cumplen con una ley alemana que solo acepta agua, levadura, cebada malteada y lúpulo.
La empresa también prepara equipos y vende insumos. La meta es tener una cadena de choperías en todo el sur del Perú. En máximo dos años quieren vender botellas pequeñas de Münchner.
Cuando encuentran una nueva cerveza, la compran. Ya no la disfrutan: la analizan. Para ellos las cervezas peruanas son muy aguadas, no tienen cuerpo. Al probar, uno no se llena la boca de sabores. Ernesto hace una broma: "Son buenas para enjuagar el vaso".









